20110420

Religión y sociedad: la secularización de la sociedad española

La tesis de la secularización y su especificación. Una hipótesis sobre el cambio religioso en España. La dimensión societal. La dimensión individual. La práctica religiosa de los españoles. Conclusiones.
 

           Podemos decir que los españoles son hoy, sin ningún género de dudas, menos religiosos que antes. Tal y como pronostica la tesis de la secularización, la religión ha perdido relevancia social en España con el desarrollo de su modernización a lo largo de los tres últimos decenios. Esa pérdida de relevancia se manifiesta, como mínimo, en dos procesos de cambio sociocultural. Por un lado, se ha producido un marcado declive societal de la Iglesia católica al hilo de la construcción de una sociedad eminentemente laica y la consolidación constitucional de un Estado democrático no confesional; ese declive societal de la religión organizada (es decir, de la Iglesia católica) la ha llevado a tener menos autoridad moral, menos influencia política y menos capacidad para desarrollar funciones sociales en la España de los últimos años.
 
           Pero el proceso de secularización se ha hecho patente también, por otro lado, en una significativa pérdida de religiosidad de los españoles que aquí hemos analizado a partir de la intensa caída de sus niveles de práctica religiosa a lo largo del periodo 1975-2002. En esos casi treinta años, la práctica religiosa ha venido a reducirse a la mitad en España. La debilidad de algunas creencias básicas de la doctrina católica y el escaso nivel de confianza en la Iglesia como institución, así como el descenso de bautismos y el aumento de matrimonios civiles, apuntan en esa misma dirección de pérdida de religiosidad de los españoles.
 
           Sabemos ya, en suma, que los españoles son menos religiosos que antes; y que esa pérdida de religiosidad, junto con el declive societal de la Iglesia católica, ha sido lo suficientemente importante como para que podamos hablar sin ambages de un proceso robusto de secularización. 
 
          Pero, tras analizar la evidencia empírica disponible relativa a los niveles de práctica religiosa, podemos también ofrecer una interpretación sociológica de esa pérdida de religiosidad de los españoles. La interpretación del proceso de secularización que hemos presentado en este capítulo gira en torno al peso de los distintos efectos que pueden explicar las contrastadas variaciones a la baja del nivel de práctica religiosa secular –la asistencia dominical a misa como expresión de la ortopraxis católica- de los españoles a lo largo del periodo 1975-2002. Los resultados que hemos alcanzado ponen de manifiesto la gran relevancia de los efectos estructurales de la edad y el sexo. Los efectos de la edad y el sexo son fácilmente interpretables como el producto de una exposición diferencial al proceso de modernización, en el sentido de que los jóvenes –frente a los mayores- y los hombres –frente a las mujeres- ocupan posiciones más proclives a experimentar las consecuencias secularizadoras de la modernización. A este respecto es muy significativo el hecho de que las diferencias de práctica religiosa entre hombres y mujeres hayan ido disminuyendo en el tiempo, precisamente a medida que se han ido equiparando las posiciones sociales de unos y otras. Tenemos que señalar asimismo que, a diferencia de los efectos estructurales de la edad y el sexo, los del nivel de estudios, el hábitat y la participación laboral resultan poco significativos; y que su impacto, como de hecho se da, se debe precisamente a su asociación con la edad y el sexo. Los efectos de composición son también de escasa cuantía a la hora de explicar el cambio religioso de los españoles. Finalmente, los efectos de periodo –aquellos que se refieren a las variaciones del fenómeno que afectan a la población en su conjunto, con independencia de los factores estructurales y de composición- son de gran importancia a finales de los años setenta, pero decaen sensiblemente durante los años ochenta y más todavía a partir de los años noventa. Hay que hacer notar, además, el hecho de que los efectos de periodo son más intensos en los momentos históricos en que la Iglesia católica rompe sus vínculos con el régimen político y se establece una democracia laica no confesional, que es precisamente lo que especifica la tesis de la secularización para el caso de sociedades con una tradición de gran homogeneidad religiosa y con un fuerte apoyo del Estado a la Iglesia que experimentan un rápido proceso de modernización social, política y cultural.
 
           En resumen, la información que hemos analizado nos permite subrayar la robustez del proceso de secularización de la sociedad española tal y como se manifiesta en el acentuado declive societal de la Iglesia católica y en la contrastada pérdida de religiosidad de los españoles durante los últimos treinta años. El análisis de los datos disponibles nos ha permitido, además, caracterizar la reciente secularización de la sociedad española como:
a) Un proceso más o menos gradual y continuo de cambio sociocultural avivado por los factores estructurales del sexo y la edad.
b) El resultado de la rápida modernización social, política y cultural de una sociedad muy homogénea desde el punto de vista religioso en la que la Iglesia católica gozaba de los beneficios de un gran apoyo estatal.

Los medios en la democracia avanzada en España

El espectro de la mediocracia. Democracia de partidos y democracia de audiencia. El patrón de opinión pública. El éxito de El País y la emergencia del planeta Prisa: de prensa de referencia a industria cultural. A modo de conclusión.


 
“La batalla por la comunicación es la forma que hoy parece tomar
La (antigua) lucha de clases”

           ¿Se encamina la sociedad española hacia una democracia de audiencia? La pregunta es demasiado ambiciosa para ser contestada de forma inequívoca en un texto de estas características, y su respuesta cabal exigiría todo un programa de investigación. Pretendemos aquí tan sólo establecer un marco general de laguna de las cuestiones que habría que considerar antes de responder a la pregunta.
 
           Ahora bien, hay algunas respuestas que podemos ir dando y, en particular, hay dos que podemos avanzar a la luz del caso español. En ambos casos, la respuesta es negativa. ¿En qué sentido podemos decir que el caso español representa una democracia de audiencia? Comenzando por lo más fácil, podemos afirmar que el caso español no representa una democracia de audiencia si por tal entendemos una democracia segmentada a la manera como están segmentadas las audiencias. En la medida en que las audiencias de la prensa y, en menor medida, de la radio están influidas por el estatus social, cabría suponer una correlación entre el nivel de acceso a la información (mucho mayor en el caso de la prensa que en el de la televisión) y el nivel de participación político-electoral. Puesto que esta participación es cada vez más exigente en materia informativa, debido a la creciente complejidad de los procesos políticos, cabría suponer incluso que la participación estuviese reservada a los ciudadanos mejor informados, los únicos con recursos cognitivos suficientes para manejarse en el proceloso mundo de la “política mediatizada” (es decir, la política hecha a la medida de los medios). Nada de esto se ha podido constatar en el caso español, y, si lo ha habido, la tendencia parece ser de sentido contrario (debido a la relación más bien inversa entre el nivel de estudios y la participación electoral).
 
           ¿Cabría hablar, al menos, de un cambio sustantivo en el patrón de opinión pública? Puede que sí, pero no en el sentido de la democracia de audiencia. Lejos de avanzar hacia una esfera de opinión pública relativamente autónoma de los partidos, lo que resulta de observar el caso español es una mezcla de partitocracia y mediocracia, dada la dependencia mutua entre partidos y medios, vinculación que se convierte, en ocasiones, en subordinación de la política a los intereses mediáticos. (La pasada legislatura es una buena ilustración de hasta dónde puede llegar esta subordinación, como lo prueba la pugna entre los grupos mediáticos más próximos al PP por imponerle una determinada agenda, en un momento en que la dirección de ese partido ha pasado por todo tipo de ambigüedades y vacilaciones. Nada tan elocuente, desde este punto de vista, como la perseverancia de medios como El Mundo o la COPE por tratar de mantener a toda costa el encuadre del gobierno de José María Aznar sobre la autoría etarra del 11-M, a fin de sustentar una opción estratégica del PP basada en la deslegitimación del gobierno salido de aquellas elecciones.
 
           La tipología propuesta por Hallin y Mancini nos sirve de molde para caracterizar el sistema de medios que se viene configurando en España desde la transición, cuyos rasgos más sobresalientes son: 
a) el alineamiento político de los medios, con el consiguiente riesgo de polarización ideológica;
b) la merma de autonomía profesional de los periodistas, con el consiguiente riesgo de instrumentalización política;
c) el intervencionismo gubernamental, con el consiguiente riesgo de clientelismo político. 

          El problema es que el efecto combinado de estos riesgos puede ser demoledor para la configuración de una esfera de opinión pública relativamente autónoma de los partidos y para la superación, con ello, de la democracia de partidos tipificada por Manin.
 
           Es verdad que los medios de comunicación han cumplido un servicio impagable a la democracia española, a la hora de controlar a los partidos políticos y a los agentes sociales y económicos, así como de mantener una opinión pública informada y vigilante ante los eventuales abusos de unos y otros. Pero no lo es menos que en el despliegue de un sistema mediático caracterizado por el alineamiento político de los medios, estamos asistiendo a una fase en la que éstos ya no se conforman con ser altavoces de los partidos afines, sino que intentan imponerles su agenda política. De tal suerte que, en lugar de conformar una esfera de opinión pública relativamente autónoma de los partidos, con capacidad para arbitrar y regular el conflicto político, los medios son factores de polarización y parte activa de ese mismo conflicto.
 
           Con frecuencia, el ruido mediático producido por esta situación se interpreta como síntoma de una vigorosa democracia de audiencia, cuando el ruido no es tanto sinónimo de su vigor como de su profunda perversión. Es verdad que, por primera vez en la democracia española, el gobierno de turno ha decidido acometer una reforma de la televisión pública, y que eso podía ser el principio de un nuevo círculo vicioso, pero la experiencia dice que los hábitos y las tradiciones en materia tan idiosincrásica como es el patrón de opinión pública son muy resistentes al cambio.