Comenzamos la categoría de formación política con un análisis del cambio reciente de la estructura social española revisando sus bases demográficas. Para ello hemos seguido el procedimiento habitual entre los demógrafos, que consiste en observar los tres procesos demográficos elementales que determinan el tamaño y la estructura de una población, a saber: la fecundidad, la mortalidad y los movimientos migratorios. En esos tres procesos demográficos básicos la sociedad española ha experimentado cambios muy importantes en las tres últimas décadas del siglo XX. Primer gran cambio: a comienzos de los años setenta del pasado siglo España tenía una de las tasas de fecundidad más altas de Europa; sin embargo, a comienzos del siglo XXI somos una de las poblaciones europeas con menor tasa de reproducción, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional. Segundo: hace treinta años España –que durante el pasado siglo XX había experimentado oleadas migratorias de gran consideración- había dejado prácticamente de enviar población al exterior de sus fronteras y apenas recibía emigrantes procedentes de otros países; en la actualidad se ha convertido, como otras sociedades europeas, polo receptor de elevadas cantidades de inmigrantes que se desplazan hacia España desde diversas regiones del mundo. Al mismo tiempo la pauta de los movimientos interiores ha cambiado también de forma radical: desde mediados de los años setenta en adelante se produce menos movilidad interna en España y la movilidad interior es de carácter pluridireccional y abierto (disminuyen las migraciones de índole laboral y aumenta la llamada movilidad de retorno o la residencial, adquieren importancia los movimientos lpendulares y tienen cada vez más peso los movimientos de corto recorrido). Y tercero en esas tres décadas la mortalidad ha seguido su curso descendente y se ha producido un significativo avance en la esperanza de vida de los españoles y, sobre todo, de las españolas.
Con una perspectiva histórica amplia, podemos decir que a lo largo del siglo XX la sociedad española ha hecho su transición demográfica, el proceso en virtud del cual las sociedades que lo experimentan pasan de altas a bajas tasas de fecundidad y mortalidad. Como en otros países, la transición demográfica ha estado vinculada en España a los procesos de modernización social, económica y cultural (urbanización, alfabetización, pérdida de peso económico y social de la agricultura, industrialización, crecimiento de los servicios, desarrollo económico y elevación del nivel material de vida, secularización, etc.), que la han convertido en una sociedad avanzada. Ahora bien, los cambios que se han producido en las tasas vitales en los últimos treinta años apuntan al fin de la transición demográfica en nuestro país. En el momento actual, con tasas muy bajas de natalidad y de mortalidad, el crecimiento natural de la sociedad española es muy reducido en comparación al de las fases anteriores de la transición demográfica. Si durante buena parte del siglo XX España experimentó un crecimiento natural positivo y un saldo migratorio neutro o negativo, el crecimiento natural ha disminuido de forma muy notable (hasta el punto de que algunos años el número de nacimientos se ha aproximado mucho al de defunciones) y la movilidad interna se ha reducido, mientras que el saldo migratorio de ha ido haciendo cada vez mayor, al crecer la cantidad de inmigrantes muy por encima del número de emigrantes. Esos cambios de tendencia, auténticamente espectaculares en el caso de la fecundidad o la inmigración, resumen las claves demográficas de la población española durante este periodo, al final del cual España se presenta como un país con una estructura y un comportamiento demográfico equiparables al de otras sociedades avanzadas.
Por lo que se refiere a la fecundidad, ésta ha ido disminuyendo de manera continuada en nuestro país desde mediados de la década de los setenta y hasta finales de los noventa. Algunos hitos de esa disminución incluyen el año 1981, cuando la fecundidad se situó por debajo del nivel de reemplazo generacional; el año 1993, cuando la fecundidad cayó bajo el umbral que caracteriza a las sociedades o regímenes demográficos contemporáneos de muy baja fecundidad; y el año 1998, cuando la fecundidad descendió hasta el mínimo de este periodo. La caída de la fecundidad ha sido de hecho tan fuerte, que ha llevado a España a ocupar, junto con Italia y algunos otros países de Europa oriental, los últimos lugares del mundo. Para caracterizar la caída de la fecundidad en estos años es necesario referirse al considerable retraso en el calendario de la maternidad de las mujeres españolas, al peso creciente que en nuestro país han ido adquiriendo los nacimientos extramatrimoniales y al importante déficit de natalidad de las mujeres españolas en el sentido de que están teniendo menos hijos de los que en realidad desearían tener. Y para comprenderla, hay que ponerla en relación, fundamentalmente a partir de los años ochenta, con la caída de la nupcialidad y con un calendario matrimonial más tardío. A su vez esa doble caída de la fecundidad y nupcialidad hay que conectarla con las dificultades que los jóvenes españoles han encontrado para independizarse de sus padres, agravadas tanto por la falta de puestos de trabajo y por la inestabilidad de los que se conseguían, como por la carestía de la vivienda.
En cuanto a la mortalidad, hemos visto que España comenzó a experimentar la caída de las tasas a principios del pasado siglo XX y que ha conocido una evolución muy positiva a lo largo de toda la segunda mitad del siglo. Hemos insistido, además, en que esa positiva evolución secular de la mortalidad se ha prolongado en los últimos años del siglo pasado, periodo durante el cual los españoles han ganado casi siete años en su esperanza de vida. El desenlace de esa evolución tan favorable es que en la actualidad la sociedad española presenta una mortalidad, en especial para las mujeres, que se sitúa entre las más bajas del mundo. Hemos visto también que las ganancias en esperanza de vida de estos últimos treinta años obedecen, fundamentalmente, a la caída de la mortalidad en las edades más avanzadas. Dicho de otro modo, el logro fundamental de las tres últimas décadas del siglo XX reside, pese a que todas las edades contribuyen a aumentar la esperanza de vida –salvo los varones de más de 14 y menos de 30 años, que entre 1970 y 1990 contribuyeron negativamente debido a los efectos del sida, las drogas y las muertes violentas-, la mayor contribución positiva la hacen las edades avanzadas. Lógicamente, el resultado de ese auténtico “envejecimiento de la muerte” es el continuo aumento de la longevidad de la población española. En realidad, la evolución global de las causas de muerte a lo largo del siglo XX se ajusta razonablemente bien al modelo de la llamada transición epidemiológica, de acuerdo con el cual la población española ha entrado ya en la última fase de la transición de la mortalidad caracterizada por las enfermedades degenerativas y tardías. En ese estadio, las enfermedades infecciosas ceden paso a las enfermedades crónicas y a las relacionadas con determinados factores ambientales. De hecho, entre las principales causas de muerte de los españoles a finales del pasado siglo XX hay que señalar, por este orden, las enfermedades del aparato circulatorio, los tumores y las afecciones del aparato respiratorio, aunque no debe pasarnos inadvertido el peso creciente de los tumores y el decreciente de las enfermedades cardiovasculares.
¿Qué incidencia ha tenido la evolución reciente de las tasas vitales en la estructura por edad de la población española? A contestar esa pregunta dedicamos el último epígrafe del capítulo, en el que respondemos con un término de actualidad: el envejecimiento. El envejecimiento de la estructura de edad de una población, por el cual debe entenderse simplemente el paso creciente que en esa población tienen las edades avanzadas frente a las edades jóvenes, es uno de los principales retos a los que se enfrentan las sociedades que han concluido sus transiciones demográficas. En este sentido, hemos explicado que la estructura por edad de la población española, con bajas tasas de fecundidad y mortalidad continuadas, ha estado envejeciendo a lo largo de todo el siglo XX y –lo que tal vez sea tanto o más importante- que el proceso de envejecimiento de la población española se ha estado acelerando en los últimos años. El resultado de ese intenso y veloz proceso de envejecimiento es que nunca antes en la historia de nuestra población española habíamos contado con tantos ancianos (casi 7 millones de personas mayores de 64 años en España en 2001). Podemos esperar, asimismo, que en las próximas décadas el proceso del envejecimiento siga su curso y los ancianos representen una proporción creciente de la población española, lo que forzosamente abocará a nuestra sociedad a realizar un esfuerzo de adaptación en muchas de sus instituciones y un cambio de comportamiento económico si desea mantener sus actuales niveles de bienestar material.

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