En el estudio de la estratificación, el caso español representa una peculiaridad mediterránea de industrialización tardía que la crisis económica de los años setenta impide madurar como hubiera sido deseable con arreglo a estándares europeos. Esto tiene varias implicaciones: por lo pronto, se retrasa la desagrarización hasta bien entrados en los años ochenta, al tiempo que se perpetúan unas viejas clases medias patrimoniales que marcan los límites del proceso de asalarización. Asimismo, las nuevas clases medias asalariadas, tomadas en sentido estricto (directivos, profesionales, técnicos…) tardan en ganar peso específico, por comparación con aquéllas, con las que no se equiparan, de acuerdo con las series de la EPA, hasta bien entrados los años noventa.
Pero ateniéndonos a las tres décadas que nos sirven de referencia, los cambios observados difícilmente podrían ser más espectaculares. Tanto por lo que se refiere al ritmo de la desagrarización, como al ritmo de crecimiento de esas nuevas clases medias, no es fácil encontrar procesos tan vertiginosos en los países del entorno. Es verdad que el ritmo no ha sido tan lineal como hubiera sido de desear, que los ciclos económicos han sido en ocasiones convulsos y que las decisiones políticas para el manejo de los mismos han tenido a veces efectos no queridos de indudable costes sociales, como hemos podido ver el estudio de la temporalidad. Pero el balance, en su conjunto, resulta extraordinario, especialmente de consolidarse la creación de empleo de la última década, lo que sería tanto como liquidar, de una vez por todas, la maldición secular que ha pesado sobre el mercado de trabajo en España, agobiado por la escasez de empleo.
A lo largo de este capítulo hemos procurado dar una visión contrastada de casa uno de los cambios estructurales en curso: hemos puesto el énfasis en los que nos parecen más importantes, por cuanto actúan como vectores de fuerza que marcan la orientación del cambio en su conjunto. Es cierto que a cada uno de ellos se le puede encontrar un vector de sentido contrario, el cual arroja sombra y motivo de preocupación. Al crecimiento imparable de la clase de servicio se le puede contraponer el crecimiento del proletariado de la construcción y los servicios (un proletariado escasamente nuevo, dicho sea de paso, salvo en la medida en que se nutre de inmigrantes). Al crecimiento de la cualificación de la mano de obra se le puede oponer el crecimiento de la temporalidad, especialmente si ésta se traduce por segmentación. Desde el punto de vista sectorial, se puede contraponer asimismo, al crecimiento de los servicios a las empresas (que proporcionan puestos estables y de alta cualificación), el crecimiento de la hostelería y la limpieza, menos brillantes en términos de requerimientos de cualificación y de la estabilidad laboral que ofrecen. Cabe la posibilidad, por tanto, de construir escenarios halagüeños o escenarios apocalípticos por el simple procedimiento de combinar y superponer a discreción los vectores que van en un sentido u otro. Sería fácil, por ejemplo, articular un discurso sobre la proletarización de la FT, la precarización del empleo y la dependencia de la economía española de actividades como la hostelería y la construcción. Pero sería un error explicar la evolución del caso español en esos términos, no porque esas cosas no se den en España, sino porque no son las que marcan la orientación general del cambio. Son vectores de crecimiento, pero no son los que caracterizan la transformación en su conjunto. Por poner un ejemplo, el aumento de peso relativo de la clase de servicio (12 puntos) es cinco veces mayor que el que los trabajadores no cualificados de todos los sectores, incluida la agricultura (2,4 puntos) durante nuestro periodo de referencia).
Recapitulando sobre cada uno de los procesos observados, lo primero que hay que señalar es que la desagrarización ha cumplido su ciclo, al final del cual el sector agrario queda reducido a su mínima expresión, si no fuera por la existencia de un reducto todavía apreciable de jornaleros y temporeros progresivamente ocupado por inmigrantes. Por lo demás, la agricultura familiar, tal como la conocimos durante más de un siglo, parece al borde el agotamiento.
Pero no todos las viejas clases medias que cuentan con un cierto componente patrimonial siguen el mismo destino. Uno de los hallazgos más llamativos es que una vez descontada la agricultura, la tasa de asalarización se resiste a crecer por encima del 84%, lo que deja un margen relativamente importante para la existencia de pequeños negocios, al tiempo que contradice la frecuente suposición de que un pequeño negocio carece de futuro, arrollado por la gran empresa capitalista.
Por lo que se refiere a los asalariados, es difícil sustraer a una cierta dinámica de polarización, dado el extraordinario crecimiento simultáneo de los mejores empleos (representados por la clase de servicio) y los peores, donde confluye el proletariado rural, cada vez menos dependiente de la agricultura y más de la construcción, con el de la industria y los servicios. Esta dinámica encaja bien en un país donde, por un lado, ha mejorado mucho la cualificación de las generaciones jóvenes (lo que facilita su acceso a la clase de servicio), al tiempo que el mercado de trabajo absorbe los últimos cuatro años del orden de 330.000 trabajadores inmigrantes por año (el libro fue escrito en 2005) –unos mil diarios-, abocados a aceptar los puestos más proletarizados. Puede que el balance sea poco brillante en términos de productividad, pero no está mal para un país que arrastrado un déficit de empleo de manera secular.
Quizás lo que más debate ha despertado ha sido el aumento súbito de la temporalidad a finales de los años ochenta y su resistencia posterior a reducirse. Es verdad que se ha convertido en una plaga para muchos jóvenes ansiosos por estabilizarse laboralmente, pero el problema en su conjunto dista de haberse convertido en un ejemplo de segmentación del mercado de trabajo. Tal como hemos tratado de probar, hay dos componentes de temporalidad: uno estructural, relativo a la naturaleza de ciertas actividades económicas, y otro estratégico, relacionado con prácticas de contratación en el proceso de integración laboral. En el primer caso, la segmentación, cuando se ha producido, ha sido por el efecto combinado del carácter estacional de las tareas a realizar (que puede conformar un circuito laboral del tipo agricultura-construcción-turismo) y de factores institucionales que, como el Plan de Empleo Rural, han tenido el efecto no querido de fijar la mano de obra a ese circuito concreto. Pero esto no ocurre siempre. En el segundo caso, la temporalidad está asociada a la edad, como hemos podido observar, con lo que el riesgo de cronificación no puede ser muy alto aunque sí lo sean los costes de quienes soportan un proceso de integración laboral de esas características. En consecuencia, si los agentes sociales quieren atacar un problema de cronificación de la temporalidad, pueden plantearse el desbloqueo de la función pública, donde sí que existe un problema de este tipo, tal como hemos podido comprobar. Obviamente, sólo podrán hacerlo con el concurso de las administraciones públicas, que son los empleadores en este caso.
Para terminar, baste con decir que una somera aproximación a la dinámica sectorial española arroja un escenario posindustrial muy diversificado, donde los principales vectores de desarrollo de la economía de los servicios (consumo de empresas, social y personal) muestran un gran empuje, seguidos de cerca por la administración pública y la hostelería. La estructura sectorial del empleo presenta un fuerte crecimiento de los sectores con mayores niveles de cualificación (17 puntos más para el conjunto de los servicios a las empresas, la administración pública y los servicios sociales), en tanto que los menos cualificados (la construcción y los servicios personales y domésticos) crecen 3,7 punto, muy por debajo de los primeros. La relación entre unos y otros es muy parecida a la que observamos entre las clases en la nota anterior. Por último, la presencia del sector público sigue siendo crucial en la configuración de este escenario, como lo prueba su arraigo y estabilidad en el sector de los servicios sociales, donde sigue manteniendo el peso relativo de hace treinta años, pese al empuje de los procesos de liberalización económica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario